Mares


Espejo de historias inmemorables,
páramo líquido sembrado de cruces,
boca de labios irreconciliables,
El Mediterráneo.
Rozando la melena de su oleaje,
libre de tiempo y fronteras,
cabalga como arena en el Siroco
 la incontenible voz del Poeta.
Voz de uvas y de mar,
de montañas y de leña,
con versos construye un barco;
como aquel con que escribiera
atravesando el  Atlántico,
su más hermoso poema.
“Esto era yo”, acababa de decir ella
—y si,  así era,  del mar entera,
antes de que el miedo le cambiara las ideas—,
cuando parada en el embarcadero
de una playa en Marsella
a sus espaldas oyó:
“Necesito del mar porque me enseña…”
voz de mujer, que como el mar,
parecía dulce a pesar de ser de sal
continuó leyéndole a su compañera
                                       “No sé si es ola sola o ser profundo…”
y en ese instante se alzó
en la ola que nombraba,
la presencia del Poeta.
Como si aquellas islas y esas fortalezas
teñidas de oro por la luz oblicua,
hubiesen nacido de tu voz,
en tus Odas y en tu Canto.
Como si todo lo que existe:
el amor y el pan, los caminos de la tierra
y aún más, las estrellas,
sólo fueran porque los sabes nombrar.
De la misma manera, Pablo, renaciera
glorioso el Winnipeg
llevando a salvo, a paz, a tierra
a  quienes hoy huyen de la guerra.


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